lunes, 4 de abril de 2011

YosoY

Escribir acerca de la piedra sobre la que labro estas palabras no implica dificultad alguna. Por otro lado, referirme a éstas significa una complicación porque este texto será traducido. De hecho la versión que tiene ante sus ojos ha atravesado numerosas alteraciones y ha perdido por completo su vitalidad alegórica, material y primigénea: la ha olvidado. Del ronroneo esdrújulo, hexasilábico, cuyo sonido congelaba a la idea de la piedra en el aire y la hacía caer a nuestros pies, nos quedamos con un puñado de balbuceos disociados y heterológicos que al cabo de los siglos reducirán la distinción entre tal piedra y el resto del mundo a una referencia contextual. Pese a todo, nunca es lo mismo la palabra que la piedra, aún con la palabra piedra en ella, o la palabra mundo o la palabra palabra, pues no será más que un mundo de piedra y quizá menos que eso; acaso un reflejo aproximado de la autoreferencia: un pretexto para asociar a la piedra con el propio lenguaje, con las imágenes familiares, la memoria que se arrastra al presente: un símbolo; una referencia que la separe y estreche del común denominador: uno.
Que si uno es la piedra o la piedra es una, o si las palabras y la luz nos engañan para hacernos creer que lo falso es y que las distancias existen junto con el movimiento y el azar: nada de eso cabe en mi testa dura, pétrea, ahíta de símbolos labrados que debo pregonar antes de comprender, antes de que se me escurran entre los dedos como el tiempo que acentúa el orden de las ideas que en otro tiempo parecieron invisibles.

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Feliz cumpleaños!

Emiliano Meza dijo...

Muchas gracias, anónim@. Feliz no cumpleaños.

Anónimo dijo...

Cómo sabes que no lo es?

Emiliano Meza dijo...

Porque Anónim@ es etéreo y atemporal. No tiene cumpleaños.

eme dijo...

pillo

Anónimo dijo...

Apago la luz y salgo del lavabo. Un silencio húmedo y pesado se cierne sobre la casa. Susurros de gente que no existe, el hálito de los muertos. Miro a mi alrededor, me detengo, respiro hondo. Las agujas del reloj marcan las tres de la tarde. Las dos agujas están cargadas de una cruel indiferencia. Bajo su aparente imparcialidad, no están de mi lado. Ha llegado el momento de dejar atrás este lugar. Tomo la pequeña mochila en la mano, me la cargo al hombro. Lo había ensayado muchas veces, pero jamás me había parecido tan pesada.
H.M.